Falsos positivos Tancol Bocas de Guaratarito: el caso del niño Erwin Álvarez Derechos Humanos por surgentes - marzo 8, 2026marzo 8, 20260 Eduardo Viloria DaboínEn junio de 2022 Erwin tenía 15 años y comenzaba a forjarse un lugar en el mundo. Como cualquier adolescente campesino, su primera opción para ganarse la vida estaba en sus manos, en su fuerza y en ese conocimiento de los quehaceres agrícolas que se obtiene en el campo desde la más temprana infancia, cuando aún no están separados juego, aprendizaje y trabajo. Para eso era libre, tanto como puede serlo un joven campesino que vive en un país atravesado hasta la médula por una profunda crisis económica.En aquel entonces vivía en Bocas de Guaratarito, a orillas del río Caparo, en la profunda lejanía del llano barinés, una comunidad de pequeños productores que ganaron su pedazo de tierra arrebatándolo en digna lucha al latifundio. Tenía pocos meses de haberse mudado con su familia desde Falcón a Santa Bárbara y estuvo unos días de visita en Guaratarito. Aunque allí las posibilidades de trazarse un futuro no eran muchas, le gustó la llanura, estar a cielo abierto, navegar el río y meterse a la faena con el ganado. Trabajo había para el que quisiera aprender y fajarse. Él lo sabía porque tenía los pies en la tierra. Y aunque la mirada se le fuera lejana de cuando en cuando por el azul del cielo sabanero, la urgencia económica de su madre, soltera y a cargo desde siempre de él y de su hermano gemelo, le imponía a su conciencia la obligación de ganarse el pan y ayudar, aportar en su casa con dinero obtenido del esfuerzo honesto. Entonces decidió no volver a Santa Bárbara, suspender el liceo y quedarse un tiempo allí.La opción de un horizonte quizás más prometedor le permitía soñar con intentar en Santa Bárbara, probar suerte, sacar el bachillerato, quizás, irse a Barinas o a Colombia. Pero eso, si acaso, sería para después. Por ahora bastaba con un trabajo de ordeñador en un pequeño fundo de la zona, un machete al cinto, un par de alpargatas y otro de botas de caucho, un catre para pasar las noches, un techo y cuatro paredes de tabla ahí mismo en la vaquera. Y eso sí, las tres comidas diarias bien resueltas a punta de coporo, queso, plátano, yuca, huevos, lentejas, café y arepa.«Mijo, ya está bueno, véngase otra vez para el pueblo, eso ahí es muy duro para usted», le insistía su abuela cada vez que hablaban por teléfono. «Un tiempito más y me vuelvo, abuela. Un par de meses no más», respondía él pensando en juntar algo más de dinero antes de volver a su casa.Así pasaba sus días, que empezaban siempre horas antes del primer destello del alba y terminaban poco después de caer el sol, hasta que llegó la mañana del 5 de junio de 2022 para convertir de un momento a otro su vida en una pesadilla de la que aún no ha podido despertar. Porque ahora tiene 19 años y sigue teniendo los pies en la tierra pero no es libre: tiene el cuerpo completo encerrado entre rejas y el peso de todo el aparato penal del Estado oprimiendo su vida.Aquel junio de 2022 quedará para siempre como una horrenda cicatriz en la memoria de Erwin y en la de toda su familia, porque las últimas hilachas de infancia que quedaban en su espíritu fueron cercenadas de la manera más atroz.A la comunidad en la que trabajaba llegó sin previo aviso una comisión militar mixta de la Guardia Nacional Bolivariana, el Conas y el DGCIM. Los funcionarios irrumpieron con extrema violencia, tomaron el control del sitio y, sin mediar palabra, vejaron, atropellaron y humillaron a sus habitantes.Erwin vio pasar la comisión mientras descansaba de su faena. Con la serenidad de quien sabe que no tiene deudas con la justicia, permaneció tranquilo bajo la sombra en que descansaba. Y allí fue sorprendido e injusta y arbitrariamente detenido. Después, a la vista de toda la comunidad, fue torturado de forma brutal: lo ataron de pies y manos, lo golpearon con saña y lo sumergieron, una y otra vez hasta el límite de la asfixia, en el río vecino a la comunidad.“En el momento en que la comisión militar llegó al sitio, Erwin vio los carros cuando pasaron. Él se quedó sentado tranquilo donde estaba, porque como él no debía nada y no tenía problemas con la ley, pues no sintió miedo ni pensó en esconderse ni nada. Entonces ahí llegaron y lo agarraron y se lo llevaron. Lo torturaron, le metieron la cabeza en una bolsa, lo maniataron, lo tiraron al río para que se declarara culpable de lo que le estaban preguntando. Pero ese muchacho es inocente”, cuenta su abuela, entre lágrimas.Después se lo llevaron y lo mantuvieron desaparecido e incomunicado durante cinco días. Su madre, desesperada, sobre todo porque la gente de la comunidad le había contado la tortura de la que fue víctima su hijo, se cansó de preguntar en cuanto centro de detención hay en Barinas. Hasta que finalmente, en el límite de la angustia, logró ubicarlo en el Circuito Judicial de Barinas y pudo constatar el estado de maltrato físico en que se encontraba su muchacho.De allí en adelante todo fue un vértigo, un trámite veloz. La justicia resulta ser muy eficaz y diligente cuando se trata de ser injusta. Y si esta injusticia es contra los pobres, más aún. Pocas semanas después de su detención fue trasladado a Caracas y, en un juicio relámpago, sin pruebas de ningún tipo, únicamente sobre la base de una declaración suya emitida bajo tortura, fue condenado. Hoy su horizonte está encerrado en el infame pedazo de papel donde está escrita, firmada y sellada por un juez corrupto la sentencia que lo condena a diez años de cárcel por un crimen que no cometió.A cuatro años de su ilegal detención, Erwin y su familia claman por justicia: “Cuando ocurrió aquello mi nieto tenía quince años. Ya ahorita tiene diecinieve. Le han quitado cuatro años de su vida a un adolescente que no cometió ningún delito. Sí. A él lo acusaron de terrorismo. Y lo que él hacía cuando lo detuvieron era que trabajaba en un hato ordeñando vacas. Yo estoy aquí contando todo esto para exigir que suelten a mi nieto. Eso es lo único que queremos. Que mi nieto vuelva a estar en libertad porque todo lo que ha pasado es una gran injusticia”.Ni él ni su familia pueden dejar de pensar en que recupere la libertad que nunca ha merecido perder. Erwin se merece retomar el camino de su vida truncado por la injusticia y el autoritarismo, ser nuevamente parte de su familia junto a su abuela, su madre y su hermano gemelo, ganarse el pan, proyectar opciones para su futuro, luchar, amar, poner toda su energía en el sencillo hecho de vivir y que su mirada no tenga barrotes que la detengan cada vez que le dé la gana de irse a vagar por el azul del cielo barinés.Descarga en PDF